Vivo en un barrio donde la gente se pasa meses estudiando catálogos, presupuestos y ofertas para poder cambiar las puertas de su casa, donde aún sobreviven platos naranjas y verdes de Duralex mezclados entre la vajilla lisa y opaca de Ikea, y donde la zapatera nunca va a juego con el escritorio o el sinfonier. En un barrio donde la gente madruga porque los trabajos con horario de oficina son para los vecinos de otros barrios donde no huele a lejía ni a lentejas estofadas... donde las tostadas crujen entre amarillentos y desordenados dientes, y en los patios de luces se escuchan las cañerías al abrir y cerrar los grifos; secadores, cisternas, risas, broncas y pedos, cual si fuera una película italiana en blanco y negro... Vivo en un barrio donde aún hay polvorientas orlas decorando las desconchadas paredes de esas orgullosas madres que jamás fueron a ninguna parte para poder pagar matrículas, créditos, bonos de transporte y fotocopias a esos hijos que ahora se acuerdan de llam...
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