BARRIO (I)
Vivo en un barrio
donde la gente se pasa meses
estudiando catálogos, presupuestos y ofertas
para poder cambiar las puertas de su casa,
donde aún sobreviven platos naranjas y verdes de Duralex
mezclados entre la vajilla lisa y opaca de Ikea,
y donde la zapatera
nunca va a juego con el escritorio o el sinfonier.
En un barrio
donde la gente madruga
porque los trabajos con horario de oficina
son para los vecinos de otros barrios
donde no huele a lejía ni a lentejas estofadas...
donde las tostadas crujen
entre amarillentos y desordenados dientes,
y en los patios de luces
se escuchan las cañerías al abrir y cerrar los grifos;
secadores, cisternas, risas, broncas y pedos,
cual si fuera una película italiana en blanco y negro...
Vivo en un barrio
donde aún hay polvorientas orlas
decorando las desconchadas paredes de esas orgullosas madres
que jamás fueron a ninguna parte
para poder pagar matrículas, créditos, bonos de transporte y fotocopias a esos hijos
que ahora se acuerdan de llamarlas cuando no echan nada interesante en la tele...
pero al colgar suspiran y esbozan una sonrisa
imaginando el trepidante ritmo de vida que llevan,
esa misma que ellas vieron pasar de lejos...
Después comprueban si han cerrado con llave la puerta
y se van para la cama con la revista debajo del brazo
mientras piensan qué comida guisarán mañana
antes de ir a buscar a su nieto Jaime al colegio.
En un barrio
donde las cajeras sueñan con su todo incluido en Punta Cana
para volver morenas al súper a mitad de noviembre
cuando ya no huele a aftersun
y las calles están llenas de charcos y de hojas secas;
y los abuelos les echan piropos
cuando entran a comprar doscientos gramos de mortadela
entre pinta y pinta de ese vino de sesenta céntimos
en el que ahogan y maldicen, a largos tragos, su casi ya consumado tiempo.
Vivo en un barrio
en donde llegar a fin de mes
es más difícil que resolver el sudoku de la prensa del domingo,
y donde los sueños nunca van más allá de los pies de la cama...

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