ROMPIENDO ESPIRALES



Cósete los labios
y pégate la lengua al paladar.
Apaga la luz, enciende las manos,
cierra la boca y abre las piernas.
Voy sin pudor alguno a desfragmentarme en tu piel.
En camas ajenas, mejor no hacer preguntas
porque las mentiras, en posición horizontal
parecen menos mentira
que bajo la verticalidad del día
con el corazón con los ojos abiertos de par en par.

No me busques, que me encuentras
encima, debajo o detrás de ti.
Es lo malo de las camas de noventa:
las venden con las esquinas redondas 
para dormir encogida o follar
y, cómo te diría yo
que arrastro un insomnio galopante.

¿Por dónde quieres que empiece?
No, mejor no digas nada.
No te pronuncies siquiera,
porque no quiero saber ni tu nombre.

Tómalo o déjame...
Ahora me toca jugar a mí
sin apostarme el corazón ni la cabeza.
Así de clara.
Así de concisa.
Así de hija de puta soy.

Después de todo,
aunque nos seduzca la idea de sentirnos libres,
de no darle explicaciones a nadie,
tú y yo sabemos
que nuestro destino está escrito
en la fecha de caducidad de lo que dura un polvo...
dos... tres, a lo sumo... pero nada más.
No te hagas pajas mentales
porque puedo llegar a destrozarte
y mi seguro no cubre daños a terceros.

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